blog

MENOS PERO MEJOR o LA PODA

pexels-photo-38091

pexels-photo-38091Había llegado el día. Juanjo planeó el fin de semana de manera que el primer día en el turno de noche no fuese un suplicio. Alargó sus noches y su hora de despertar. Aprovechó lo aprendido para organizar de nuevo su rutina. Si lo hacía bien, podía sacar bastante provecho. Podría ir a recoger a Juanjito al colegio, tendría tiempo de calidad para él y su familia. En lado opuesto, estaba el dormir. No sabía cómo le afectaría tener que acostarse cuando su familia y el mundo se despertaban.

 

Sole y él lo habían hablado bien. La logística estaba preparada. La capacidad de Sole para organizar y priorizar ayudó sobremanera al caos de Juanjo. Su jornada laboral empezaría los domingos a las 22 horas y terminaría los viernes a las 6 horas.


Eran las 20 horas de su primer domingo y la familia estaba preparada para cenar. Habían leído la carta, estaban comenzando a implementar alguna rutina alimentaria. Después de cenar, Juanjito y Sole podrían descansar y Juanjo comenzaría su aventura en el nuevo departamento.

 

Había decidido que iría a trabajar en su vieja bici. Empezaría a meter algo de movimiento en su rutina. Los beneficios eran infinitos, su constancia, hasta la fecha, finita.

 

Si no lo había calculado mal en 20 minutos podría estar en el trabajo. Había pasado el fin de semana poniendo a punto la bici. Recordó los paseos con sus amigos, recordó sus paseos con Sole. Juanjito había demostrado especial interés por su bicicleta, sus habilidades como mecánico debían tenerse en consideración. Acabaron sucios de grasa y polvo, algunas partes de la casa que no debían mancharse, también. Sole se enfadó, porque era su papel, pero poco o muy poco.

 

Pensó Juanjo en aquello de que las cosas importantes en la vida son aquellas pequeñas cosas… como lo pensamos todos. Lo curioso, es que Juanjo no lo pensó a posteriori, con nostalgia llorica, si no que lo pensó en el momento. Mientras Juanjito estaba manchando y desajustando su bici. Cuando lo normal habitual hubiese sido aquello de… cuidado que eso mancha, cuidado que eso no se puede tocar, eso es de grandes… Le gusto a Juanjo darse cuenta. Disfrutaron.

 

“¡Bien Juanjo bien!” Se dijo.


Juanjo se despidió de su familia como el que se va a la guerra, que se sabe cómo se va pero nunca cómo vuelve. Sabía Juanjo que era un momento importante, no sólo por el cambio de turno, si no por la intención que le estaban poniendo.

 

Cogió su macuto y salió por la puerta de casa. Lo que no había pensado Juanjo es que entrar en el ascensor iba a resultar, quizás, la tarea más complicada del día. Consiguió apretar el botón con la nariz, mientras aguantaba la bici en posición contorsionista, trataba de aguantar la respiración para hacerse pequeño y que las puertas del ascensor no golpearan ruedas, piernas y brazos. Sin saber muy bien cómo, finalmente lo consiguió. Al llegar abajo, resultó que no tenía manera de abrir la puerta. No fue necesario, “la coqueta”, que hoy parecía un Power Ranger, abrió la puerta del ascensor y amablemente esperó a que Juanjo deshiciera el nudo entre su cuerpo y la bici.

– “¡Qué bien te veo vecino!!”

 

Juanjo no supo diferenciar en su tono si lo decía de verdad o con retintín. En fin, ya estaba en la calle.

 

El trayecto resultó cómodo y sostenible. Le gustó la experiencia. ¡Vamos bien!


La noche transcurrió bien, primera toma de contacto. Le enseñaron su mesa. Le presentaron a sus compañer@s y le explicaron cuáles serían sus funciones de ahora en adelante. Le llevaron a dar un paseo por el almacén, que no había visto ahora. Le explicaron cómo se organizaba, como separaban las mercancías y por qué. Qué hacer cuando llega mercancía, qué hacer cuando sale. Un sinfín de información que Juanjo trataba de organizar en su mapa mental. Aparentemente entendía los conceptos.

 

No coincidió con el maltrecho Palomares, ya jubilado, pero conoció a Dani. De todas las personas que conoció aquella noche, era la única de la que recordaba su nombre, aparte del de su nuevo responsable, Antonio “el largo” por lo alto y por la capacidad de manipular a la gente para que hicieran lo que él quería. Dani, trabajaba en el almacén pero lo conoció en las oficinas. Estaba hablando con un administrativo tratando de explicarle algo que el administrativo no quería comprender. Comprenderlo sería trabajo extra. Le llamó la atención por su mirada y por su sonrisa. Debía de ser el más joven del turno de noche, quizás por eso sonreía. Dani le dejó una hoja llena de garabatos y explicaciones al administrativo, que al deshacerse de él, miró de manera cómplice a su compañera y tiró el papel a la basura.

 

La acogida entre los compañeros fue fría. Con las expresiones que te hacen notar que algo terrible está pasando, pero que no pueden expresarlo con palabras. Juanjo estaba acostumbrado, él era experto en hacer ver que no estaba bien, pero tampoco mal. Ser maestro en el agridulce te hace mantenerte en tierra de nadie. Nadie puede pedirte mucho más si no estás bien y si estás demasiado bien, te convertirás en parte del personal de baja categoría que está todo el día jiji jaja y nadie tiene en cuenta para las cosas importantes. Juanjo controlaba esas situaciones.


La vuelta resultó un poquito más dura. La verdad es que Juanjo estaba cansado. Muchas horas de nueva tensión, intentando comprender y asimilar demasiada información. Decidió Juanjo que la vuelta sería reposada. Disfrutando de la lentitud deliberada, difícil hoy en día.

 

Se puso su chaleco reflectante (se acordó de su primer día corriendo y del incidente), macuto a la espalda y luces intermitentes encendidas.

 

Hay un problema recurrente en la gente que va en bicicleta. La cadena es un sistema problemático y más si los cordones de tus zapatos se desatan. Si un cordón se mete en el sistema de la cadena, éste va siendo consumido y tu pie se encuentra inmovilizado. Si intentas poner el pie en el suelo no puedes porque está enganchado, si tratas de seguir pedaleando no puedes, porque tu pie acabará devorado por el engranaje. Si además hace tiempo que no montas en bici y no tienes la pausa  para simplemente parar sin pedalear, es posible que salgas despedido.

 

Visto desde fuera, el vuelo de Juanjo resultaba inverosímil. Se puso muy nervioso al ver que no podía sacar su pie de ahí, que no podía seguir pedaleando. Empezó a perder el control de la situación. El manillar comenzó a realizar movimientos bruscos y espasmódicos. Perdió la visión delantera para centrarse en su cordón atrapado. Hubo un momento, en el que la horizontalidad de su cuerpo y sus brazos extendidos le dieron la estética de un auténtico Superman. Nada más lejos de la realidad. La leche resultó dolorosa.

 

Gente agolpada a su alrededor trataban de comprender el balbuceo de aquel pobre hombre magullado.

 

“¿Qué coño pasa?” Se preguntó Juanjo. ¿Por qué no podían entenderle? Estaba muy aturdido, realmente no sabía muy bien que le estaba pasando.

 

Dani, el chico joven del almacén apareció sonriendo entre el pequeño tumulto curioso. Se agachó al lado de Juanjo y le realizó alguna pregunta básica, pidiéndole que asintiera con la cabeza en el caso de entenderle.

 

El chico comentó al resto de espectadores que él lo conocía y se haría cargo. Y así lo hizo. Ayudó a Juanjo a sentarse en un banco, llamó a una ambulancia y recogió la bici de Juanjo con la zapatilla derecha colgando de la cadena. Aparcó su bici al lado de la Juanjo y trató de atender a Juanjo. Le dijo que debía estar tranquilo, que había tenido una caída con la bici y debido al golpe en la cabeza había perdido momentáneamente la capacidad de hablar. Le dijo que a él le pasó una vez y que en un par de días volvería a estar a tope, sonrió.

 

Ahora estaba mejor, al principio se había asustado y la verdad es que en sólo 10 minutos comenzó a mejorar. ¡Qué susto!

 

Aunque había una cosa que a Juanjo no acababa de dejarlo tranquilo. En condiciones “normales” habría ido a verle. Miraba a su alrededor esperando encontrarlo pero sólo Dani estaba a su lado. Recuperó el habla de golpe.

– “Mierda…. esos ojos” Dijo en voz alta mirando a Dani

– “¿Qué le pasan?” Preguntó el joven poniéndose bizco.

– No, nada, perdona Dani. Todavía estoy un poco aturdido.

 

Dani le preguntó si había alguien esperándolo, para que avisara de su retraso. Juanjo llamó a Sole, que ya estaba despierta, le contó lo ocurrido en versión light. Le comentó que en un rato llegaría a casa pero que seguramente ya habrían marchado cuando él llegara.

– “Pobre Juanjo, que mala suerte” Pensó Sole. Siendo la suerte el torpe manejo de Juanjo con su vehículo.

 

Mientras tanto, en el banco Juanjo y Dani vieron cómo llegaba la ambulancia. Juanjo agradeció el esfuerzo y los consejos de los médicos, pero declinó ir al hospital a realizarse pruebas que descartaran mayores complicaciones. Le aconsejaron que esperara un poco para acostarse, para poder estar consciente en el caso de haber alguna complicación.

 

Cuando Juanjo se levantó, se dio cuenta de que le dolía todo el cuerpo. Se quedó mirando la bici de Dani y le comentó que le gustaba mucho su bici. A Dani se le iluminó la mirada, se ofreció para contarle la historia de su bici a cambio de un café. Juanjo aceptó, se sentaron en una terraza al sol que comenzaba a iluminar Barcelona.


– ¡Buenos días caballeros! ¿Qué desean?

– Un café con leche y un croissant por favor. Dijo Juanjo.

– ¿Lo mismo para Ud.?

– ¡No gracias! Yo tomaré un café largo y si tienen alguna tortilla…

– Claro señor de lo que guste.

– De atún, me encanta

– Que así sea pues.

– ¡Perdona! ¡Ponme a mí lo mismo! Rectificó Juanjo recordando aquello de que su abuelo era Paleo.

El camarero se deslizó hacia el bar con diligencia.

– Se han puesto muy de moda estas bicis, comentó Juanjo. El problema es que valen un dineral…

– ¡La mía no! Sonrió Dani. Es una bici normal. Tiene más de 10 años. Sólo ha sido despojada de lo innecesario. Con el tiempo he ido aprendiendo a cuidarla y adaptarla. Todo comenzó un día que estaba reparándola y me di cuenta de cuantas cosas se averiaban y eran totalmente prescindibles, cambios, frenos, pastillas, suciedad… Lo cierto es que la bici tiene meramente la función de transporte funcional y tenía más cosas de las necesarias que me hacían perder tiempo y dinero. Lo primero que eliminé  fue el freno delantero. Fuera maneta, cables, frenos en V, pastillas. Nunca lo utilizaba y sin embargo lo ajustaba y reparaba. Después llegaron las marchas. En una ciudad como Barcelona el plato pequeño no resulta muy necesario, el mediano sigue siendo demasiado blando, así que el plato grande se salvaría. Desaparecieron platos de más, desviadores, cables, maneta de cambio… Los piñones sufrieron un proceso parecido en el que sólo se salvaron tres. Aprendí a comprar los recambios, hacer las reparaciones y ajustes necesarios. Otro día que estaba reparando la suspensión delantera me di cuenta que también era innecesaria. En una ciudad asfaltada la suspensión me parecía un atrezo que mantener sin ninguna función real. Compré una nueva horquilla sencilla y resistente, fuera mantenimiento de la suspensión. Y en cuanto al color azul Pitufo… es en honor a una persona que veía de pequeño, el señor azul. Me contaba mi madre, que cuando era pequeño mantenía conversaciones con el que yo llamaba “el señor azul”. Y en cuanto a las ruedas es una simple cuestión de fricción, evitar la resistencia que no le aportaba nada. Aquellas ruedas a tacos pasaron a la historia para dejar paso a algo que genera menos fricción y necesita menos energía para realizar el mismo desplazamiento.

– ¡Qué guay! y ¿qué me dices de eso que pone ahí? ¿Menos pero mejor?

– Sí jajaja bueno,  es una frase que me decía mi bisabuelo. Era tarahumara, bueno y se supone que yo también tengo algo de ello. – Dijo Dani enseñando su calzado. Él acabó convirtiéndose en el chamán de su comunidad, trataba de establecer bueno vínculos con las otras sociedades del entorno. Su lucha era tratar de alejar a su comunidad de los excesos innecesarios del hombre blanco. Decía que las personas somos animales bastante esenciales y que alejarnos de nuestros orígenes enfermaba al hombre en su cuerpo, mente y deseos. Siempre ponía ejemplos para demostrar cómo alejarnos  de nuestra esencia, de nuestros dioses naturales enfermaban al hombre y a la tierra. Solíamos pasar las vacaciones en Chihuahua, mis padres querían que supiese cuáles eran mis orígenes, que existen maneras diferentes de ver e interpretar el mundo y que ninguna o todas son buenas. Me encantaban aquellos veranos convertidos en inviernos inolvidables. Los primeros años él todavía pudo enseñarme muchas de las cosas que consideraba importante, el problema es que muchas de ellas resultaban incomprensibles para un niño. De entre todas ellas hay una que siempre ha estado rezumbando en modo silencioso por mis pensamientos, hasta que un día con 16 años y agobiado por el mundo que había creado lo entendí. Estudios, trabajo, presión, amigos, familia, cosas que comprar, cosas que hacer, fiestas que celebrar. Tenía la presión de un alto mandatario siendo un hijo de inmigrantes en un barrio obrero de Barcelona. Compromisos conmigo mismo y con otros que me llevaron a la extenuación. Tenía que responder ante tantas personas que me olvidé de responderme a mí.  Enfermé y la frase Menos pero Mejor comenzó a coger dimensión. Comenzó mi poda personal. Eliminar todo lo que hacía que lo nuevo no pudiera brotar, el árbol estaba enfermo y sin una poda drástica corría ciertos peligros de que aquello ennegreciera y me dejase seco de por vida. Puedo decirte que resulta muy liberador ir soltando lastre. Dejé los estudios porque no me gustaban. Vendí mi consola y mis videojuegos. Vendí la mitad de mi ropa y zapatos. Dejé las celebraciones para los días especiales. Dejé mi trabajo. Dejé a casi la mitad de mis “amigos”. Vendí la moto. Guardé el dinero hasta decidir qué hacer con él. Hablé con mis padres, les expliqué mi situación y me ayudaron. Me daban un año para ordenarme. En un año volveríamos a hablar. Tenía tantas cosas que hacer/comprar que me robaban el tiempo y la energía. El consumismo me consumió. El hacerlo todo perfecto me exprimió. Sólo hacía falta ver mi habitación o mi indumentaria para ver el exceso. Decidí dar a mis padres los más de 2.500 euros que conseguí vendiendo cosas innecesarias para sufragar ese año sabático selvático que estaba a punto de comenzar. Otro día te cuento que pasó ese año. Pasó el año y decidí reanudar mis estudios con el fin de adentrarme en el mundo de la psicología evolutiva. Mi bisabuelo había dejado huella. Busqué trabajo a tiempo parcial en alguna empresa respetuosa con la tierra y los animales (hombre incluido) ¿sabías que nuestra empresa es pionera en sostenibilidad? Elegí meticulosamente en quien iba a invertir mi tiempo y mi dinero. Quedaron pocas personas y pocas cosas.

– ¡Qué grande! Resulta muy interesante la reflexión, comparto la opinión de que cada vez tenemos más y no por ello estamos mejor. No es normal ¿pero es necesario?

– Yo opino que no. Pero tienes que poner mucha atención e intención. Saber cuál es tu situación para ser capaz de trazar algún plan viable.

– Debería pensar en ello. La poda…

– Debes comenzar por cosas sencillas, fáciles de despojarte, algunas físicas y otras interiores. Yo comencé por una bici y ahora cada cosa nueva debe pasar un meticuloso test para ver si pueden quedarse. Las cosas que ya están serán evaluadas cada cierto tiempo para comprobar si todavía deben quedarse por más tiempo. Y así poder tener cierto control sobre tu vida. Realicé un plan de poda transversal, si te apetece te dejo mis apuntes para que le eches un ojo a ver si te puede servir.

– “¡Me encantaría!” contestó Juanjo, cada vez más sorprendido con la sabiduría de aquel joven que siempre sonreía.

– Bueno Juanjo, si estás mejor me gustaría poder acostarme un rato, la verdad es que tengo bastante sueño. Seguro que otro día podemos seguir charlando.

– ¡Sí claro, ya me has ayudado bastante por hoy, voy a pagar esto!

– ¡Gracias!

 

Marcharon cada uno por su camino. Dani con lo imprescindible y Juanjo con lo necesario para casi cualquier situación que no llegaría.

axe-1853691_1280

Al llegar a casa Juanjo se quedó dormido enseguida, estaba muy cansado de su primer día. Puso el despertador a las 15 horas.

Se ensoñó como un jardinero podando, tratando de clarificar y aportar luz a un inmenso bosque en el que prácticamente era imposible caminar, a duras penas era capaz de ver a través la luz filtrada por aquellos enormes y frondosos árboles. ¿Cómo podré llegar a podar aquellas ramas tan altas? Se preguntaba mientras iba trabajando en zonas más accesibles. De repente lo vio a lo lejos. De pie, sonriendo y con un hacha en la mano.

 

Que la salud te acompañe.

ÚNETE A elevolucionista


Si te gusta lo que lees, puedes compartirlo. Yo y quizás alguien más te lo agradecerá.

 

2 Responses

  1. Se hace muy ameno e interesante leer los post siguiendo una «novela», diferente e imaginativo (tienes posibles en la ficción!). Nosotros en casa solemos hacer una revisión cada cambio de estación. Revisión de ropa, papeles, enseres domésticos, libros…para dejar lo que realmente usamos, incluso cambiamos muebles de sitio para tener más sensación de renovación.

    1. jaja gracias!! Con lo de cambiar los muebles de sitio yo también tengo una fijación desde pequeñito! Los cambiaba de sitio y me quedaba disfrutando del nuevo espacio creado, muy freak! Siempre he tenido en cuenta como lo externo alteraba lo interno con tonterias como esa jeje

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *